Mundo Deportivo
2026년 9월 15일
Si el Real Zaragoza no conocía aún la Primera Federación, el duelo ante el Juventud de Torremolinos sirvió como un bautismo ideal. Ganó por 3-4, en un partido loco y difícil de explicar. Sufrió en el inicio y volvió a sufrir al final, cuando ya creía que los tres puntos eran suyos. Y en pleno laberinto, con partes de guerra y una realización singular, Jaume Jardí lo resolvió todo. El chico de Reus mostró que el talento siempre fue la mejor unidad de medida en este juego.
En Torremolinos todo empezó y acabó con Jaume Jardí. El 11 del Zaragoza marcó un gol que solo está al alcance de su zurda y sumó también tres cuartas partes del primero. En la cuenta del partido dejó otras dos huellas: asistió a Diego González en el segundo tanto y a Yussif Saidu en el cuarto.
El duelo en El Pozuelo dejó lecciones para todos los públicos. El encuentro se jugó en un manicomio, se llenó de trincheras, revisiones y batallas en el césped. En un duelo áspero, difícil de mirar, brilló el jugador más estético de todos. El golpeo de Jardí iluminó al Real Zaragoza, en uno de esos atajos que el fútbol diseñó para cualquier categoría.
La apuesta por Jardí fue el primer paso de la dirección deportiva y llegó antes de que el Zaragoza hubiera escrito su descenso. Especial por naturaleza, el extremo catalán buscaba un proyecto que confiara en su explosión. Tras un año de grandes registros en el Nàstic de Tarragona, el salto al Real Zaragoza es un paso definitivo en su carrera: la prueba de que su magia sirve también en un escenario histórico.
Formado en La Masía, pasó también por la cantera blanca antes de llegar a Tarragona. En el Nou Estadi creyeron en él, incluso cuando algunos habían empezado a dudar de sus progresos. El camino adquiere ahora un sentido especial en Zaragoza, donde ha necesitado solo tres partidos para mostrar su verdadera naturaleza: es un jugador diferente y diferencial.
En el primer tanto, Jardí fue capaz de fabricarse su propio espacio. Recorrió un camino que ha definido su carrera: el zigzag del zurdo en la derecha. Superado el obstáculo, probó fortuna y la encontró en el portero. Un córner fue su siguiente estación en el partido y la cabeza de Diego González, el mejor de los destinos.
Quedaba su obra cumbre. Jardí dejó una falta para el recuerdo en el tercer gol del partido. Su golpeo voló por fuera de la barrera y durmió en la escuadra. La comba fue plástica, veloz y perfecta. La definición exacta de un especialista. En el cuarto tanto, Jardí mostró que hasta los zurdos muy zurdos pueden tener diestra. Saidu remató y el Zaragoza venció en Torremolinos, en un escenario plagado de minas.
En El Pozuelo se jugaron muchos encuentros en el mismo. El de Jardí hizo que todos merecieran la pena. “El partido lo gano yo”, pareció decirle al mundo. Y el duelo corroboró esa promesa, con una conclusión simple: venció el Real Zaragoza porque tuvo a Jaume Jardí entre sus cuentas.
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